El día del fin del mundo.
CAPİTULO 17
No se puede tapar el sol con un dedo. Andrés empezó a trabajar en el taller de Cándido como uno más entre los ocho empleados del negocio y tal parecía que era el único a juzgar por las habladurías que corrían por el pueblo. Otra vez la “pobre Charo” volvía a ser la víctima, porque todos sabían que Elena la de Cándido era promiscua…
-¿Eso que es?¿Puta?- Me preguntó Lola el día que lo escuchó de boca de la vecina.
-No, es como…ligera de cascos.
-Pues puta.- Se encogió de hombros Rosenda, como si lo uno fuera igual a lo otro.- Lo que es, porque no se corta ni con la filomatic…
-Si en vez de ser una mujer, fuera un hombre, sería un ligón.-Comenté indiferente.
-No sé lo que sería en otra parte, aquí es un putero…o putañero, que viene a ser igual. Mira, Charo, la cosa es de matemática sencilla. Un churro se moja en un chocolate y en el chocolate solo se puede mojar un churro.
Tuve que morderme los labios y fingir que me los humedecía para evitar romper a reír con la matemática sencilla de la Rosenda. Era mi día libre y tenía que salir de casa como fuera o aquellas dos me calentarían la cabeza con sus teorías de chocolates y churros.
-Ya puedes andar con ojo, que se dice (y quien lo dice es porque lo ha visto) que Elena se toma muchas libertades con tu marido. Que hay mucho toquecito, mucho sobeteo y sonrisas y todos sabemos que los hombres no son de piedra…
-Si lo han visto no será tan malo. Lo malo es lo que se hace y no se ve.- Suspiré disponiéndome a huir.- Elena es ... guapa, es coqueta y le gusta que se lo digan. Lo de tocar y sonreír y guiñar lo hace con casi todos.
La vecina me lanzó una mirada entre maliciosa y vengativa.
-Claro que si, con todos.- Dijo mirándome de arriba abajo.-¿Vas a salir?
-Voy a dar un paseo, a la zona del soto, que estará muy concurrida, y después me tomaré un café o algo en la plaza y…
Me interrumpió sin interesarse en mis planes.
-¿Por qué no vas con tu marido? Vas sola.
-Andrés ha ido a Torralba a ver un coche que quiere comprar, le ha llevado Cándido…
-¡Y ella! ¡Ella ha ido también, que lo sepas!- Exclamó dando una palmada como si explotara un globo
Ahí era donde quería llegar. Para eso era lo de la promiscuidad y el chocolate y el churro…y todo lo demás. Buscaba que yo me enterase. ¿Me gustaba lo que acababa de saber? Pues no, no mucho sobretodo sabiendo que la noticia estaría corriendo de boca en boca, aunque en si no era nada malo. Ella iba con su padre…
-…Y con tu marido.- Me dijo mi prima con mala cara al día siguiente.-¿Qué te ha contado Andrés?
-Que ha comprado un coche que siempre le ha gustado, que Cándido le llevó a Torralba y que cuando arrancaban Elena se subió al coche y dijo que se iba con ellos.
Ana apretó los labios y respiró solo por la nariz. Luego aseguró tajante:
-¡Esa va a por él!
- Vamos a ver, hay que considerar dos cosas: Primero de todo, si antes no lo quiso, ¿por qué lo va a querer ahora?
-¡Para darte a ti en el hocico! Que será como sea, pero siempre te ha envidiado, porque eres más lista, porque sabes montar un negocio y llevarlo, porque su padre siempre te ha mirado muy bien y a lo mejor está celosa.
Elena Romanes celosa de mí, ¿qué más me quedaría que oír? Si me dijeran que me tenía manía y que quería hacerme daño me lo creería más. Y eso si que podía ser una razón…
-Bueno, y lo segundo, Andrés también tendrá algo que decir, ¿o solo es ella la que decide?
-Si, pero por lo pronto está trabajando ahí. Ahora está casado contigo y no querrá nada con ella. Y yo lo creo, ¿eh? Pero cuando alguien está dale que te pego, dale que te pego…al final quien la sigue la consigue y más si tiene la historia que tu marido tuvo con ella.
Empezaba a dolerme la cabeza y aprovechando que en aquel momento de la tarde no tenía nada que hacer, salí a airearme un poco a la parte trasera del local. Caminé hacia la higuera lentamente pensando en lo que me había dicho mi prima. Que Elena coqueteaba descaradamente con Andrés, si, o misma lo veía algunas mañanas cuando le acercaba el bocadillo al taller o cuando venía a tomar café después de la comida; reía cualquier cosa que dijera, le hablaba picardías con doble sentido…pero yo no hacía caso porque el primero que no lo tenía en cuenta era Andrés. Yo confiaba en él, si bien era cierto que de ella no me fiaba un pelo.
-Que raro verte y que no estés trabajando.
Sonreí ampliamente al ver a Eduardo acercándose a mi. Hacía tiempo que no le veía, aunque nuestra amistad se enfrió mucho antes, a raíz de la conversación que mantuvimos en aquel mismo lugar a dos días de mi boda.
-Ahora hay poco que hacer y he salido a tomar el aire.
Atractivo y elegante, como siempre, llegó a mi lado. Vestía un pantalón de lanilla gris y un abrigo negro con una bufanda a rayas grises y granates cruzada en el cuello. Caminó a mi lado y pude preguntarle por su madre y sus hermanas, por la finca, el trabajo.
-Todo está perfecto.-Sonreía al escrutar mi rostro con atención.-Podría ser el hombre mas feliz del mundo si no fuera por lo que me falta.
-Tranquilo, seguro que lo conseguirás tarde o temprano. Ya sabes que quien la sigue, la consigue.
-Eso espero. Es cierto que no me va a faltar el empeño necesario para recuperar lo que considero me pertenece.
-Pues, si te pertenece, a por ello.- Le dije dándole ánimos. Le notaba distinto, mas seguro de si mismo, menos tímido. Me daba la sensación de que había cambiado y no poco en el tiempo que llevábamos sin tratarnos.
-¿Cómo te va a ti?- Me preguntó cuando llegamos al final del camino y dimos la vuelta para retornar a la higuera.
-Bien.- Asentí.- El restaurante va a toda marcha, llenamos casi todos los días y eso que es temporada baja. Mucho camionero, cuando paran hablan entre si y ya sabes el boca a boca es buena publicidad.
-¿Y la vida de casada?¿Qué tal se porta el Queco?
-Bien también. Está muy contento porque se ha comprado un coche, dice que es un clásico y que es el que siempre ha querido.
Asintió sonriendo forzado.
-No le va mal la vida, entonces; se ha comprado el coche que siempre ha querido y está muy cerca de la mujer que siempre ha querido…mientras acapara a la que siempre he querido yo.
Ni le contesté ni le quise mirar. Apreté el paso para intentar eludirle.
-Sé lo que se habla de ellos. Tarde o temprano te hará daño y entonces…-Me cogió por el brazo reteniendo mi marcha y buscó mis ojos,-…entonces estaré yo para curar tus heridas. No volveré a cometer el mismo error, Charo, voy a esperarte y te compensaré con creces el tiempo que me has esperado tú a mi y que no supe ver.
Liberé de un tirón mi brazo y me apresuré a volver al restaurante.
-¡Cuando llegue el momento me tendrás a tu lado…! Iré a buscarte…
Escapé de él, de su voz, de sus palabras. No quería oírle. ¿Por qué me decía aquellas cosas? ¡Me dolían!
“El pensamiento te trae a mi y vuelvo a respirar cuando te veo; te alejas como las olas se alejan de la orilla del mar. Quiero seguirte, pero me quedo penando a solas porque no puedo estar a tu lado. Charo, tu nombre son los latidos de mi corazón”…
En el primer momento que me hallé a solas en mi casa saqué la caja de cuero repujado donde guardaba aquellas cartas y las volví a leer una vez más, cogiendo con manos cuidadosas el papel sobado de tantos años y paseando mis ojos con cuidado por aquellas palabras por temor a que se desgastara la tinta. Aquellas hojas manuscritas habían sido la esperanza que tiró de mi en los malos momentos. Sin duda, el Eduardo que había aparecido ante mi aquella tarde, era el mismo que había escrito tantas veces lo mucho que me quería y no el indeciso anterior que permitió que me uniera a otro.
“Quiero atrapar con mis ojos tu mirada verde aceituna, para entrar en ti a través de ella, quedar preso de tus redes soñando que tu aliento es mi aliento. Estás tan dentro de mi que mis manos pueden dibujar tu cuerpo de memoria. Eres tan mía, que yo soy mas tú que yo”.
Si en aquel entonces le hubiera pedido relaciones. ¡Ya tenían edad para casarse…! Pero no… se olvidaba, su padre jamás lo hubiera consentido. Su padre le habría dicho que él solo quería su dinero…¿qué más tenía ella que ofrecer que alguien pudiera querer?
¡Puto dinero! Ni que fuera Rockefeller.
“Pues entérese, padre, fue su dinero el que sobornó al cura para que me casara con el único hombre que tuvo las agallas de cogerle a usted por la pechera por ofender a su madre. Y no fue su dinero lo que le salvó a usted de una paliza, fue el respeto que le tuvo a sus canas…”
Volví a guardar la caja con las cartas en el armario y recoloqué las toallas de mi ajuar encima, ocultándola a ojos curiosos. Andrés debía estar al llegar y no quería que me pillara pensando en otro, aunque se me había quedado el ánimo melancólico al recordar el pasado, a mi padre, a Eloísa… A aquella tarde de junio en la que me despertaron de la siesta los gritos entremezclados, las palabras incoherentes cargadas de ira. Salté de la cama, corrí escaleras abajo para ver qué pasaba y encontré en el patio que Eloísa y dos criadas, que entonces trabajaban en la casa, intentaban separar a Andrés de mi padre mientras mi tía voceaba histérica pidiendo ayuda. El más joven apuñaba la camisa del más viejo con tanto vigor que casi le levantaba los pies del suelo, le zarandeaba como como a un trapo mientras Eloísa intentaba apartarle clamando entre llantos que lo soltara, no por mi padre, si no por temor a las represalias que de seguro tomaría contra su hijo. Me apresuré a interponerme entre ellos.
-“¡Andrés…Andrés por favor…es mi padre!- Le cogí por el brazo buscando sus ojos llenos de ira. Conseguí que me mirara.- Por favor…vete…”
No sabía si conseguiría convencerle, porque, como he comentado con anterioridad, en aquella época nuestra relación era más distante. Pero si. Aspiró aire profundamente y soltó a mi padre como si fuera basura que le diera asco. Aquellas fuertes manos que habían apartado como escoria a mi padre, cogieron con dulce suavidad a su madre. Aquella ira se transformó en amor.
-“Vámonos, mamá, vamos a casa…- Y escupió a los pies de mi padre- No permitiré que este canalla te insulte”
Yo no entendía nada, mi instinto me hacía llorar angustiada al mirar a unos yéndose y al otro gritar desaforado:
-¡No os atreváis a volver!¡Si os vuelvo a ver cerca de ésta os juro que os denuncio al cuartelillo!...
“Esta” era yo. Fui hacia mi tía preguntando qué había pasado.
-“¡Ese sinvergüenza mal nacido ha atacado a tu padre porque ha despedido a su madre como la mugre que es!”
Eloísa salía de la casa sujeta por su hijo, mirando hacia atrás, hacia mi, como si se le fuera la vida al dejarme allí. Porque ella sabía lo sola que yo me quedaba sin ellos. Corrí a buscarles, pero mi padre me detuvo agarrándome con fuerza por los brazos. Me amenazó con que haría que me arrepintiera si volvía a verles. Aquella tarde ganó él, pero al día siguiente fui a la casa de la calle Manzanares. Tenía muy seguro que por mucho que pudiera hacerme mi padre no conseguiría que me arrepintiera de volver a verles. Durante un buen rato estuve apostada delante de la puerta cerrada; no me atrevía a llamar, no sabía si me echarían al verme porque en su furia por mi padre estaba yo incluida. Cuando en un arranque de valor llamé y Andrés me abrió le sostuve a mirada. Me dejó el paso franco y corrí a abrazar a la única madre que yo había conocido mientras ella lloraba abrazada a mi, acariciándome el pelo , diciendo: ”Mi pequeña, mi niña…quería morirme al creer que te había perdido”
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano preguntándome cómo había pasado de las cartas de Eduardo al recuerdo de Eloísa.
”Al principio,- pensé,-iba a escondidas a verla, después no. El lo sabía y fingió ignorarlo; Dejé de sufrir por su desafecto y nunca tomó represalias contra mi, porque si me hubiera impedido ir con Eloísa yo le hubiera dejado a él y eso si que habría sido un escándalo en el pueblo.”
Gracias Loli muy buen capótulo... pero si me permites... te recuerdo que quiero a Andres para Charo y no a Eduardo... 🤭🤭🤭
ResponderEliminarLupita Campuzano